A menudo somos condicionados desde una edad temprana a poner a los demás primero, a pensar en los sentimientos y las necesidades de otros y, de manera subconsciente, al hacerlo, no darle suficiente o ninguna importancia a las nuestras.
Particularmente para quienes somos sanadores, este deseo de ayudar a otros, de sanar a quienes nos rodean, puede dar lugar a límites muy pobres y a poco o ningún autocuidado. Puede haber en algunas personas una tendencia casi de mártir, una sensación de necesitar sacrificarse para poder sanar y servir a los demás. Desde la infancia, a las mujeres especialmente se les enseña a empatizar, escuchar, asumir los problemas de otros, lo que se va arraigando hasta convertirse en una respuesta automática.
Muchos de nosotros creemos que complacer a los demás es la forma de hacerlos felices o de lograr que les agrademos. Si impresionamos a otros, eso satisface nuestro ego y nos hace sentir que valemos la pena, que importamos, que significamos algo.
Los límites son esenciales para vivir una vida saludable. Tener límites sanos significa conocer y entender cuáles son tus propios límites. Decirle a los demás qué es aceptable para ti y qué no lo es.